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11 Enero 2012
“La mayoría de los jóvenes investigadores y clínicos de hoy encontrarán difícil de entender el daño que ha ocasionado a los pacientes con cánceres linfáticos la confusión en la clasificación de los linfomas”.
Miguel Ángel Piris, Historia de la Asociación Europea de Hematopatología. 2006.
Los glóbulos blancos de la sangre, en especial aquellos a los que conocemos como linfocitos, son una familia de células que nacen en el tuétano de los huesos y que viajan a diversos territorios corporales en los que se establecen por períodos de tiempo variables. Además de trasladarse en el torrente sanguíneo, utilizan también la circulación linfática y colonizan preferentemente algunos órganos como los ganglios linfáticos, el timo, el bazo, la piel y ciertos segmentos del tubo digestivo.
Los linfocitos son verdaderamente asombrosos. Encargados de nuestra defensa, su existencia es de un dinamismo casi inimitable. A lo largo de su vida, sufren cambios, maduraciones y adaptaciones diversas que les permiten cumplir con su cometido.
Algunas de estas modificaciones vienen programadas en su material genético y se llevan a cabo de manera automática. Otras dependen de su encuentro con los antígenos, esas sustancias químicas presentes en los microbios, las células tumorales, en el aire que respiramos, en el agua que deglutimos y en los alimentos que engullimos.
Los mecanismos que aumentan la probabilidad de que los linfocitos se topen con los antígenos, la manera en que ambos se reconocen al encontrarse y los fenómenos que se desatan una vez cumplimentadas las presentaciones respectivas –¡mucho gusto! ¡El gusto es mío! – tienen una complejidad que desafía nuestra capacidad de comprensión.
Habrá que añadir que, sin bien los linfocitos nos defienden contra todo tipo de amenazas, incluyendo las que proceden de nuestro interior como los tumores malignos, estas células defensivas pueden enloquecer y volverse ellas mismas cancerosas, dando nacimiento a una afamada y próspera familia de cánceres a los que llamamos linfomas y leucemias. Aquellos, ultrajes sólidos y éstas, afrentas líquidas.
Al igual que sus contrapartes normales, la vida y milagros de los linfocitos malignos es una colección infinita de complejidades y recovecos de una perversidad diabólica. Identidades y comportamientos cuyo diagnóstico e investigación están reservados para un grupo de médicos patólogos con la osadía de los aventureros, adelantados que desde hace varias décadas se alejaron de nosotros –simples patólogos generales– y se mudaron con sus pertrechos y complejos instrumentos a otro mundo: el Planeta Linfoma.
Al principio ni se notó su ausencia. Sin embargo, una vez que empezaron a llegarnos las noticias de sus asombrosos descubrimientos, varios jóvenes patólogos se sumaron a sus filas y hoy han logrado establecer una colonia más que respetable en aquel inhóspito y extraño paraje que parecen habitar solos. Se hacen llamar con toda justicia hematopatólogos y se han puesto de tú a tú con la variabilidad, la minuciosidad y la mutabilidad que caracterizan a los tumores que son objeto de sus desvelos.
Pero lo que más me maravilla de esta augusta hermandad de médicos científicos es su entusiasmo contagioso –casi viral, diría yo– por compartir con nosotros sus conocimientos, la experiencia que han acumulado tras innumerables observaciones y experimentos y que procuran plasmar para beneficio de este mundo en preciados libros que, si no fuese porque puedo sonar irreverente, me atrevería a comparar con los mismísimos Evangelios. Preciosas ediciones bellamente ilustradas que los patólogos generales podemos consultar durante las horas largas frente al microscopio, cuando la ignorancia y el cansancio nos propinan rabiosas dentelladas en el ego.
Vivir en el Planeta Linfoma no es para cualquiera. Ya mencioné que se necesita arrojo, pero la audacia sola no basta. Ante la falta de interlocutores en los primeros tiempos de la colonización, los precursores tuvieron que inventar un idioma nuevo cuya lingüística tiene sus divisiones propias. Así como la ciencia de nuestro lenguaje se divide en gramática, semántica, ortografía, fonética y fonemática, las bases del idioma hematopatológico son la clínica –los signos y síntomas de los enfermos–, la morfología –la forma de las células al microscopio–, el inmunofenotipo –las sustancias químicas propias de los linfocitos malignos– y la biología molecular –el material genético de estas mismas células–. Se dice que, hasta hoy, nadie –ni siquiera los propios hematopatólogos- ha logrado dominar por completo y sin fisuras un idioma tan complicado como el suyo.
Precisamente estos días, el 10, 11 y 12 de diciembre de 2009, un grupo de hematopatólogos distinguidos provenientes de distintos puntos geográficos del Planeta Linfoma está de visita entre nosotros. No vayan a pensar que vinieron de vacaciones, ¡qué va! Llegaron en plan evangelizador, con la última versión de su indispensable texto azulado por delante.
Su prédica, proferida con ardor y vehemencia franciscanos desde el púlpito de ese santuario de la medicina mexicana que es el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, es irresistible. Nos quieren convencer de que los acompañemos a su mundo. Y no estamos para hacernos los sordos. Su discurso subyuga y atrae, aunque exige esfuerzos considerables.
Si deseamos que nuestros enfermos con linfomas y leucemias reciban una mejor atención y aumenten sus posibilidades de curación, tendremos que acudir al llamado de los hematopatólogos, buscar un espacio en su poderosa aeronave y pasar una temporada en su mundo. Con boleto de regreso, desde luego. Los lugares son limitados y las condiciones para viajar muy duras. Ya se han dado algunos decesos entre patólogos imprudentes que intentaron hacer ese viaje sin las reservas académicas y las necesarias dosis de entusiasmo y constancia. La experiencia no se recomienda para patólogos anclados en la comodidad del pasado. Perezosos, ¡absténganse!
Señoras y señores, jóvenes promesas de la profesión y patólogos generales todos: ¡Sean ustedes bienvenidos al Planeta Linfoma!
Nota de Pathos:
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