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          Al escuchar en diversas reuniones de dermatólogos como se expresan y describen los alcances dermatológicos del patólogo general, me asalta la sensación de que estos especialistas, a quienes pertenezco, deben provenir de otro planeta y que, forzados a vivir entre los dermatólogos humanos, no queda más remedio que tolerarlos en una especie de simbiosis obligatoria. Esta convivencia forzada se torna exquisitamente dolorosa en muchas ciudades de la provincia, donde resulta muy difícil tener cerca un dermatopatólogo conocedor de las sutilezas clínicas indispensables para una equilibrada y certera interpretación de la morfología cutánea alterada. Los dermatólogos, obligados a enviar sus biopsias al patólogo general, sólo esperan que su diagnóstico no resulte demasiado descabellado. En el tiempo que transcurre entre el envío del espécimen  y la recepción del informe histopatológico, los hijos espirituales de Alibert viven “con el Jesús en la boca”. Y no dejan de tener razón.

         ¿Por qué a cierta parte de los patólogos generales parece estarles negada la dermatopatología en general y la inflamatoria en particular?  La razón, como la de todas las desviaciones morbosas crónicas, es multifactorial. De entrada, la espesa maraña eponímica que, a manera de zarzal impenetrable, cubre la correcta nomenclatura de las dermatosis, es capaz desanimar al más arrojado de los patólogos noveles. Y no sólo es formidable barrera la endémica onomástica sino que, como la hidra multicefálica, está plagada de sinónimos, cada uno más impronunciable que el anterior y, además, sin vínculos aparentes con la fisiopatología subyacente. Señores, ¡urge podar y desbrozar el jardín dermoepidérmico!

        Otro factor insoslayable es la escasa formación clínica y/o dermatológica del alienígena especialista. Durante su residencia rara vez forma parte de los servicios clínicos, a los que sólo asiste si necesita indagar algún dato imprescindible, para volver con rapidez al sótano del que osó salir por un momento. Si en cualquier rama de la patología la información clínica debe siempre combinarse con la observación micrográfica en el crisol del intelecto, ello es de capital importancia a la hora de diagnosticar el tegumento enfermo. Ojalá y se convenzan los dermatólogos académicos para que influyan en donde existan residencias de patología y logren que los herederos de Virchow roten en sus servicios de dermatología.

        El tercer factor es el que podríamos llamar la inercia hereditaria, es decir, la adopción sin disimulo de la fobia que, a las dermatitis, le dispensan buena parte de los profesores de patología en quienes recae la responsabilidad de formar a los futuros anatomopatólogos. Como si se tratara de una deficiencia enzimática innata, el patólogo en ciernes considera que su incapacidad para descifrar las estereotipadas respuestas de la piel inflamada es por completo irremediable y con una resignación que raya en la de ciertos orientales, adopta la consabida muletilla de la “dermatitis crónica inespecífica”. Sin embargo, el remedio existe y se llama diagnóstico a través del análisis de patrones morfológicos, cuyo más ardiente promotor es Bernardo Ackerman. Cuanto antes el residente de patología general abreve en las sagradas escrituras de áureas o argénticas cubiertas (según la edición de la que disponga), mucho mejor, pues acabará notando que, a fuerza de consultar los voluminosos libros de Don Bernardo en cada biopsia cutánea que estudie, sus neuronas corticales establecerán utilísimas sinapsis por donde fluirá el impulso que habrá de esclarecer el diagnóstico tan deseado como elusivo. Me atrevería a decir que el evangelio según San Bernardo necesita de apóstoles que lo difundan hasta los más apartados rincones del planeta anatomopatológico.

        Y mientras que, llenos de optimismo, esperamos y contribuimos a la solución de este problema, ¿creen ustedes que el médico anatomopatólogo aporte algo útil a la selecta congregación de los cutiterapeutas? Yo estoy convencido de que su aportación no sólo es útil, sino muy valiosa. La experiencia adquirida tras largas jornadas de viaje por las muy variadas comarcas histológicas aporta una riqueza morfológica y conceptual de importantes repercusiones en la práctica dermatológica cotidiana. Invitar al residente de dermatología para que nos acompañe en la exploración de otros tejidos más profundos que los que suele conocer, dotaría al dermatoblasto de una visión insospechada. Sería como descubrir nuevos continentes y adquirir, casi milagrosamente, otra perspectiva de la dermatopatología. Avizorar con respetuoso temor la amplísima diversidad de los linfomas; sufrir una extrasístole al observar, en un nevo por demás ordinario, un melanocito “displásico” cuyo comportamiento futuro no podemos anticipar y no saber qué poner en el informe histopatológico; acompañar al patólogo en los tensos minutos de un transoperatorio, en donde se juega el destino de una extremidad o de una glándula mamaria; visitar la laguna Estigia acompañados de un bondadoso Caronte que nos guíe, bisturí en mano, por los devastados territorios de un cuerpo exánime, son experiencias inolvidables y enriquecedoras que los dermatólogos no deberían perderse. Los dotaría de una prudencia y una humildad tan escasas como necesarias para alcanzar la ansiada meta de ser buenos médicos.

       Como puede verse, nos necesitamos mutuamente y podemos ayudarnos en el tortuoso tránsito de la vida profesional y humana. No nos desaprovechemos. Sólo quisiera agregar, a modo de despedida, estas palabras que alguna vez leí:

“La crítica no ha de ser el microscopio que, aplicado a la cara de una belleza, nos muestre su grosera epidermis, más bien ha de ser el telescopio que nos hace descubrir mundos de luz allí donde los ojos de todos sólo ven oscuridad”.


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