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29 Diciembre 2011
Hace algunos años, fui invitado a participar en una reunión académica de dermatólogos para hablarles sobre la forma en la que yo los veía desde el punto de vista profesional y humano. Un tanto sorprendido y temeroso por el tema que me pedían desarrollar, intenté en un principio adivinar las razones de su invitación y, buscando entenderlas, llegué a la conclusión de que partieron de dos supuestos. El primero es mi condición de anatomopatólogo, lo que en apariencia me brinda una mirada analítica y una capacidad de disección que va más allá de los órganos y los tejidos para extenderse a las personas, los colegas y a las parcelas del saber médico que cultivan. El segundo supuesto es mi peculiar relación con la dermatología y los dermatólogos. Convertido al regresar a Aguascalientes en un dermatopatólogo d’emblée a fuerza de estudiar un número creciente de biopsias cutáneas, he mantenido con la dermatología y con sus ministros terrenales un vínculo dual, a la vez cercano y lejano. Me explico: cercano por la que es ya, hoy en día, una placentera excursión microscópica por la histología dermoepidérmica alterada. Cercano también por lo familiar que me resulta el lenguaje dermatológico, desde lo numular hasta lo spitzoide, desde un nevo displásico incapaz de la menor maldad, hasta una micosis fungoides que, a pesar de la doble carga fúngica de su onomástico, no se cura con el fluconazol. Y el vínculo es a la vez lejano por el aislamiento que sufro en el calabozo del laboratorio, donde, privado del trato cotidiano con los enfermos, me distingo tajantemente de los médicos clínicos al punto que, para algunos, mi arte no es más que una sospechosa forma de nigromancia.
Antes de entrar en materia, quisiera señalar, utilizando las palabras de Enrique González Pedrero, “unas cuestiones de previo y especial pronunciamiento”:
Primera: a pesar de la creencia difundida de que los especialistas de cada una de las ramas de la medicina constituyen verdaderas subespecies del Homo sapiens, es muy difícil destilar de los dermatólogos aquellos rasgos que los hacen supuestamente únicos. Cuando uno lo intenta pronto llega a la conclusión de que es una tarea casi imposible. De modo que mucho de lo que vendrá a continuación lo compartimos el resto de los médicos y, seguramente, la mayoría de los seres humanos.
Segunda: esta autopsia, es decir, este ejercicio de autognosis tiene el único propósito de entretener, es un divertimento que se insertó en el programa para aliviar el peso de la ciencia y para diluir la espesura académica. No pretende que se devanen el seso, sólo busca una reflexión amable y ligera a partir de algunas ideas que he ido hilvanando a lo largo de poco más de una década de convivir con los dermatólogos y de participar con ellos en el esclarecimiento del apasionante misterio de la enfermedad.
Tercera: al principio usaré deliberadamente estereotipos contrastantes. Es lógico suponer que, en la práctica cotidiana, ninguno de estos personajes radicalmente distintos existe en estado puro y que, entre los dos polos opuestos que describiré, o como mezcla de los dos, se encuentra la mayoría de los aquí presentes. La ventaja de usar como ejemplos los extremos del espectro es que su contraste tiene un valor didáctico elevado y es a la par divertido. Hacia el final, describiré formas aisladas, poco frecuentes y que se dan como frutos únicos, sin contraparte. Suelen ser las ovejas negras del rebaño dermatológico que no admiten comparaciones ni parentescos dentro de esta augusta comunidad de especialistas. Mutaciones de novo, nos alertan y, en última instancia, su mal ejemplo nos resulta edificante.
Podría empezar por clasificar a los dermatólogos de la manera más sencilla para un patólogo: el dermatólogo que toma muchas biopsias (Iatrocutis incisivus) y el dermatólogo que casi nunca (o nunca) lo hace (Iatrocutis scalpelofobicus). Como podrán ustedes suponer, me simpatizan más los primeros. Sin embargo, no vayan ustedes a creer que esta preferencia tiene una base exclusivamente pecuniaria. La ganancia no ha sido solamente económica, sino que me ha permitido incrementar y diversificar también el caudal de mis conocimientos y, sobre todo, la cofradía de mis amigos. Los dermatólogos “biopsiadores” son de naturaleza inquieta, eternos desconfiados, entes a los que la más mínima desviación del estereotipo morfológico los impulsa a tomar el bisturí o el sacabocado para extraer aquella minúscula porción del latifundio cutáneo. En contraparte, los dermatólogos que no toman biopsias suelen ser personas apacibles para quienes la morfología clínica lo es todo. Salvo en las enfermedades neoplásicas, nada parece justificar para ellos el estudio histopatológico de las dermatitis.
Un segundo parámetro de clasificación tendría que pasar por la preparación previa del especialista. Es decir, existen los dermatólogos puros (Iatrocutis purissimus), que pasaron de la medicina general a la dermatología sin detenerse en ninguna estación intermedia de la medicina o de la cirugía, y luego tenemos al dermatólogo que se ha adiestrado previamente en otra especialidad, con frecuencia la medicina interna (Iatrocutis oslerii). Aunque en la práctica dermatológica ambos se desempeñan con igual habilidad y fortuna, el Iatrocutis oslerii suele tener una mirada más profunda que no se detiene en las manchas, pápulas, nódulos y vesículas, sino que siempre escarba por debajo del panículo adiposo para tratar de descubrir los nexos sutiles o inaparentes de las dermatosis con el resto de la economía. Si deviene en profesor o conferencista, son clásicas sus exposiciones sobre “La piel y el corazón”, “La piel y el hígado”, “La piel y el bazo”, etc. Su capacidad de asociación es casi infinita, ni siquiera la elusiva psique escapa a ella: “La piel y el complejo de Edipo”. En cambio, siguiendo aquel viejo dicho de que “el que mucho abarca poco aprieta”, el Iatrocutis purissimus, se mueve siempre en el terreno familiar de la superficie cutánea. Con un dominio obsesivo de la clínica francesa, es capaz de descubrir las más pequeñas alteraciones en el acomodo de los corneocitos, cualquier incremento de volumen o estratificación en los queratinocitos y el más ligero acúmulo anormal de pigmento en los melanocitos. Nada tendrían de admirable estas cualidades si este dermatólogo utilizase el microscopio. Sin embargo, detecta a simple vista cambios de tono y textura que otros creeríamos inexistentes. En casos extremos, puede llegar a enviarnos biopsias cuyas alteraciones se encuentran solamente en su imaginación.
Algunos de los patrones de comportamiento de los dermatólogos dependen, por lo menos en parte, de factores externos. Uno de los más poderosos es la industria farmacéutica que, con su patrocinio no totalmente exento de interés, mantiene todo un rosario de reuniones, simposia, talleres, jornadas y congresos. A ellos acuden gozosos los dermatólogos viajeros, aquellos que no se pierden uno sólo de los “meetings” que marcan la diferencia. Acudir religiosamente en primavera a la reunión de la Academia Norteamericana de Dermatología es un rasgo distintivo del Iatrocutis privaflorescens, quien regresa de sus viajes con un entusiasmo renovado, no sólo dispuesto a distribuir entre los colegas los muchos obsequios recibidos en los diferentes “stands” que abarrotan las áreas comerciales de estos congresos, sino que llega convertido en portador del conocimiento fronterizo, de aquellos avances que aun no aparecen en las revistas de las especialidad. Celoso evangelista de las últimas nuevas, las irá prodigando en toda oportunidad que se le presente, desde conferencias en los colegios locales o regionales, hasta cenas informales. Gotas de ambrosía entre bocado y bocado. En el otro extremo se encuentra el dermatólogo que permanece en una suerte de animación suspendida. No se mueve nunca. El Iatrocutis abulicus detesta tener que desplazarse y poner en riesgo de renovación aquello que adquirió a costa de tantas penalidades durante la residencia. Para él, la educación médica continua es un mito, una invención de mentes enfermas incapaces de gozar con la preciosa posesión de un conocimiento estático y eterno. Con la divisa “inmovilidad es seguridad”, van por el mundo con el aplomo que les otorga su incapacidad de asombro. Y cada año que pasa, cada cana que aparece, los acerca más y más a la ansiada meta de una vejez totémica en la que el respeto debido a los ancianos los liberará de la fastidiosa actualización. Como el mismísimo Lao-Tsé, estos dermatólogos ya eran viejos al nacer.
Al ser la dermatología una rama de la medicina que comparte con la cosmetología buena parte del órgano que es blanco de sus desvelos y de sus afanes, algunos dermatólogos encarnan tipos tan exquisitamente raros, que no tienen una contraparte fácilmente reconocible entre los dermatólogos más comunes. Son como esos tumores raros que se originan en células para las que no existe parangón en los tejidos normales. Estos especímenes exóticos sólo pueden encontrarse en nichos ecológicos casi inaccesibles. Un buen ejemplo es el Iatrocutis aulicus, especialista que habita en palacios gubernamentales, cámaras legislativas o, incluso, en residencias presidenciales. Las muy delicadas necesidades de sus distinguidos clientes ejercen una fuerte presión sobre su persona, lo que lo hace adquirir asombrosas habilidades terapéuticas ni siquiera soñadas por aquellos de sus colegas que medran en estratos inferiores de la escala evolutiva dermatológica. El Iatrocutis aulicus aprenderá pronto el uso de poderosas toxinas para alisar tegumentos arrugados. Sembrará millones de tallos pilosos que, al crecer, convertirán en tupido bosque aquella calva de aspecto estepario. Como caballeros Jedi esgrimirán una amplia gama de láseres para borrar tatuajes vergonzosos o inconvenientes y serán personajes indispensables, consejeros codiciados y guardianes de secretos que nunca saldrán a la luz pública. Sin embargo, pagan por ello un alto precio y estos seres privilegiados en apariencia tienen una vida corta que no suele rebasar los seis años. Se sabe de pocos que han logrado una permanencia más prolongada o incluso eterna en los confines palaciegos, pero casi nadie los ha visto, son seres mitológicos de los que se habla con envidia y reverencia.
Aunque la mayor parte de los dermatólogos hereditarios, es decir, aquellos que son hijos biológicos de otros dermatólogos, suelen seguir una carrera independiente y hacen sus propios méritos, los hay que llegan a constituirse en una verdadera especie dañina. Me refiero al Iatrocutis mendelensis, torvo personaje que ya en la etapa embrionaria de la residencia manifiesta de manera incipiente los rasgos que harán de él un colega insufrible. Cree merecerlo todo, no se esfuerza por obtener el título, sólo se deja llevar empujado por la fama de su progenitor. Con la ventaja que le otorga el cobijo paterno, tratará siempre de imponer sus condiciones. Sus compañeros de residencia primero y sus colegas después, se sentirán en un principio intimidados por su aparente aplomo. Sin embargo, una vez que lo conozcan y descubran que es un vulgar parásito, procurarán evitarlo y en torno a él se irá estableciendo un cerco aislante que mermará su influencia hasta volverla despreciable. Son dermatólogos que no crecen, alcanzan apenas la infancia para volver poco a poco al silencio de la vida intrauterina de la que hicieron mal en salir.
Como resultado del éxito personal al monopolizar en la comunidad un instrumento o una técnica de resultados espectaculares, ocurre con ciertos dermatólogos lo que pasa con otros médicos en circunstancias semejantes: olvidan que la tecnología es un medio, no un fin y, cegados por el brillo del dinero o por los destellos de su propio artefacto milagroso, les sobreviene una retención hídrica en el espíritu que algunos han llamado egosarca. De esta manera, aparece ante nosotros el Iatrocutis soberbius , de maneras ampulosas, pose estudiada y actitud distante, como si, a fuerza de parecer lejano e inalcanzable, pareciese estar sumergido siempre en pensamientos elevados y vedados para el resto de los mortales. Es en esta categoría donde se aplica mejor aquello del “dermatólogo desollado”. Me explico: la palabra desollar proviene del vocablo latino follis, fuelle o bolsa de cuero y si algo parece nuestro Iatrocutis soberbius es un verdadero globo aerostático a punto de reventar.
Conforme afinamos nuestro poder de observación y reflexionamos sobre nuestro quehacer cotidiano, es decir, sobre nuestra forma de ejercer la medicina, podemos identificar más y más patrones de conducta que nos ayudan a conocernos mejor. Como lo advertí en un principio, nada de lo mencionado es exclusivo de los dermatólogos. Con las variaciones esperables, podemos encontrar estos estereotipos en los demás médicos especialistas. El microcosmos que los dermatólogos habitan es un reflejo fiel del gran universo humano.
Nota de Pathos:






































