Escrito por EL PATÓLOGO INQUIETO.
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23 Enero 2012

“Cada rama de la ciencia tiene su unidad elemental: para la Física es el átomo, para la Química la molécula. La Medicina es tanto un arte como una ciencia; como arte, su unidad elemental ha sido siempre el paciente; como ciencia, su unidad es la célula”.
Guido Majno e Isabelle Joris, Cells, Tissues and Disease. Principles of General Pathology. 2004.
Hace casi 13 años que dejé de impartir la cátedra de Anatomía Patológica en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, si bien seguí enseñando Histología hasta hace cinco años. Habiendo ganado esa cátedra mediante examen de oposición, tuve que renunciar a ella debido a varios factores. El cambio en la distribución de las diferentes asignaturas en el plan de estudios de la carrera de Medicina tornó imposible por cuestiones de tiempo seguir como profesor de Anatomía Patológica. Ofrecí una posible solución al solicitar que se me permitiese impartir esa materia en el Hospital Hidalgo –solución que, además de facilitarme a mí las cosas, acercaría a los alumnos al Servicio de Anatomía Patológica, en donde podrían colaborar en las áreas de Patología Quirúrgica y Autopsias, con un lógico beneficio para ellos– pero recibí una negativa tan tajante como inexplicable.
Para quienes disfrutamos profundamente del contacto con los estudiantes y sentimos un impulso casi obsesivo por instruir a los futuros médicos, apartarnos de la actividad docente no resulta fácil ni puede ser algo muy duradero. Claro que durante todos estos años he podido canalizar esta vocación docente –uno de los deberes irrenunciables del médico– a través de diversas vías.
La preparación semanal de estas colaboraciones periodísticas ha sido una de ellas. También lo es el contacto cotidiano que tengo en el Hospital con los colegas, residentes, médicos internos y los propios estudiantes de medicina que realizan sus prácticas clínicas en espacios que hace tiempo ya dejaron de ser idóneos para el adecuado ejercicio de nuestra noble profesión y para la transmisión fiel de los conocimientos que convierten al estudiante y al médico becario en el profesional que desearíamos formar. Estos obstáculos son un reto cotidiano para los que allí trabajamos y si se superan con regular y asombrosa frecuencia se debe al esfuerzo subestimado de todos los implicados, que, con la férrea y fatalista convicción de un ejército sitiado que se sabe condenado, hemos dejado ya de esperar los refuerzos largamente solicitados. ¡Lo que se podría lograr si contáramos con las condiciones óptimas para trabajar y enseñar!
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